jueves, 15 de noviembre de 2012

Lier, you are a greedi liar.


 Hurgo en sus bolsillos y de entre todos los objetos que allí encontró, eligió la moneda. El dinero siempre había sido su arma más poderosa y la que estaba más a su alcance, la que le sobraba. Se sentó sobre una roca mirando al agua, y se puso a pasar la moneda entre sus dedos, como acostumbraba hacer. Volvió a escarbar en sus bolsillos en busca de cigarrillos, pero nada más que aquellos otros seis objetos encontró. Necesitaba fumar, ni siquiera recordaba cuando había sido la última vez que el humo gris del tabaco se deslizara por su garganta. Tal era su deseo por la enviciante planta, que el síndrome de abstinencia comenzaba a apoderarse de ella. Pequeños temblores recorrían sus delgadas piernas, intentando extenderse hasta el resto de su cuerpo. Quería salir del lugar y correr en busca de aunque fuera un poco de tabaco, mas todo lo que veía era espesa bruma y oscuridad. Entrecerró los ojos y puso su mano libre a modo de visera, intentando alcanzar con la vista algo más que la neblina. A lo lejos pudo detectar una rutilante luz que danzaba sobre lo que parecía el agua, y se estaba acercando.

 Se puso de pie rápidamente y grito, al darse cuenta de que la luz provenía de un farol sobre una pequeña barca.  Intento llamar desesperadamente la atención del barquero, pero pronto se dio cuenta de que esto no era necesario, de que Él se dirigía sin lugar a dudas hacia Ella. Se aproximó a la orilla del río y se encontró con un muelle que parecía no haber estado ahí hasta entonces, lo recorrió prontamente y espero a que la barca se detuviera junto a el. Lentamente la bruma se abrió dejando ver a un encapuchado barquero, el cual no parecía percatarse de su presencia en el lugar.

-           Ho buen hombre, ¿sería usted tana amable de ayudarme a cruzar el río en su barca? – Pregunto a modo de saludo, puesto que no sabía si dar las buenas noches, mañanas, o algo así. En aquel lugar no parecía haber penetrado jamás la luz del sol, así que era imposible saber en que parte del día se encontraban. – Vuestro barco es el único medio que dispongo para salir de aquí, pues me encuentro perdida y no se hacia dónde dirigirme.- Agrego ante el silencio del Hombre sobre la barca. Intentaba hacerse la desamparada e indefensa ante aquel ser, de lo contrario dudaba que fuera a recibir su ayuda.

-          Nada es gratis en esta vida Señorita. En esta ni en ninguna, así que desearía algo a cambio por concederle tal favor.- Fue lo que el barquero le respondió, con una voz que parecía provenir de ningún lugar. – Soy solo un pobre anciano que se arriesga a afrontar los peligros que el río ofrece. De ninguna manera podre hacerlo si lo que me ofrece a cambio no representa ninguna utilidad.


-          Pero Señor. Todo lo que poseo en este momento es esta mísera moneda, que aquí en nada le puede ser útil. –Se arrodillo al borde del muelle y junto sus manos a modo de plegaria.- Mas le prometo que si me ayuda y luego me acompaña hasta mi hogar. Le ayudare a amasar con es amoneda, una fortuna que será envidiada hasta por el más acaudalado de los reyes.

-          Tus Plegarias serán inútiles mujer. Yo no  necesito dinero, no hay nada en este mundo, ni en ningún otro, que desee comprar. Si no tienes nada más que ofrecer me marchare. Acto seguido con un ademan de su mano, la embarcación comenzó a moverse lentamente.


-          Alto señor. Se lo suplico. – Dijo entre los sollozos que ahora intentaba controlar, sollozos que por supuesto eran completamente falsos. Pero si tenía que mentir para tentar a aquel viejo, no dudaría en hacerlo.-  Os juro por lo que más queráis que are de ti un hombre rico, tan rico que tu fortuna no tendrá parangón jamás de los jamases. Tan rico que vuestra barca podrá ser de oro macizo, y podrás sobornas a los mismísimos dioses para que la hagan flotar sobre lo que a vos se te antoje.

-          Chiquilla estúpida.- El barquero soltó una carcajada seca. – Los dioses me pusieron aquí. A Ellos no les interesa mi bienestar.


-          Pues entonces os prometo que vuestra riqueza alcanzara tal nivel, que los dioses rogaran a vuestros pies por siquiera una pequeña parte de ella. El dinero es poder, y os daré tanto dinero, que no habrá nadie más poderoso que vos. Se lo ruego, tan solo acepte esta moneda, y juntos construyamos algo maravilloso para usted.

-          ¿Dices que los dioses se arrodillaran ante mi? – Inquirió con evidente curiosidad.


-          Pues claro buen señor. Los Dioses no serán nada en comparación con usted. – Le tendió la moneda esperando que este se decidiera a tomarla.
-           
-          Por fin me las pagaran esos desgraciados. – Soltó con alegría.- Sube, sube muchacha, que no hay tiempo que perder. – Estiro una de sus huesudas manos para coger la moneda.- Sube y cuéntame como harás para darme tal poder.

¡Había funcionado! Había engañado al mismísimo barquero del infierno para que le ayudara a cruzar el río, por una simple moneda desgastada. Dinero, poder, jamás los tendría. Si alguien iba a poseer tales cosas en semejantes magnitudes, solo sería Ella. Ya al llegar a la otra orilla se encargaría de deshacerse del anciano que había sucumbido ante la avaricia. Se montó de un salto en la barca, y comenzó a hablarle de absurdos planes sin sentido. En su interior estallo en una risa frenética y alocada.

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