Apretó más el puño
para que la tela de la corbata no se le escapara de entre los dedos. Aun así
estiro un poco más el brazo para alejar al sujeto de su cuerpo. - ¿Ahora me
dirás lo que quiero oír?, ¿o simplemente debería soltarte? - Movió un pie para acercarse un poco más a la
carniza.
-
No... No…
No me sueltes. Te… te diré todo lo que sé. – Movió la cabeza para poder
mirar hacia abajo y trago saliva pesadamente al comprobar la altura a la que se
encontraban.
- - Habla entonces. No tengo todo el día y la verdad
ya me estoy cansando.- Hizo ademan de abrir la mano, y se sonrió con la
expresión de susto que apareció en el rostro del otro sujeto.
- - La bodega… Se reúnen en la bodega del muelle.
Ca… Cada sábado por la noche. Es todo lo
que se.
- - ¿Estás seguro de qué es todo lo que sabes? –
Ahora movió el otro pie.
- - S… Si… Es decir no. La puerta de enfrente esta
siempre cerrada, pero por el costado derecho hay una entrada más pequeña. Por
ahí llegan todos.
- - Me parece bien. ¿vez cómo vamos progresando?-
Atrajo al sujeto hacia si y estiro el otro brazo para tomar un cigarrillo desde
la camisa de este.- ¿Algo más? – Agrego antes de llevarse el tabaco a la boca.
- - No.. No señor. Eso es todo. De… De verdad.
¿Ahora podría dejarme ir?
- - Bien. Entonces ¿tienes mechero?- Dijo sin botar el cigarrillo d entre sus
labios, antes de mirarse los bolsillos y palmotearse los con ambas manos. Iba
pedirle fuego al guardaespaldas que tenía más cerca cuando escucho el sordo
ruido de un cuerpo cayendo sobre un automóvil. –Creo que debí sostenerle mejor.-
Dibujo una pequeña sonrisa en sus facciones y estiro la mano para que le
pasaran el mechero. –Bajemos de aquí.- Dijo cuando el cigarrillo estuvo
encendido. – Y que alguien llame a la policía o algo así. Díganles que fue un
suicidio e invente una historia bonita para que no tenga que dar ninguna
declaración.- Exhalo el humo, que fue rápidamente llevado por el viento que corría
sobre la azotea, antes de ponerse a caminar. Cruzo la puerta que uno de sus
guardaespaldas le había abierto y bajo por las escaleras hasta llegar frente al
elevador. Esta vez fue él mismo quien oprimió
el botón para que las puertas se abrieran de inmediato, luego simplemente entro
acompañado de dos guardias.
- - ¿Llamo a su asistente Señor?- pregunto uno de
los guardias.
- - Sí. Dile que espere en mi oficina. – Entonces el
guardia murmuro unas instrucciones al micrófono que tenía en la solapa, para
comunicar la orden de su jefe.
-
- Señor. No debería fumar en el elevador, la ley…
- - ¿Eres nuevo verdad?- Interrumpió bruscamente las
palabras del otro guardaespaldas. –Bueno,
lo eras. Estas despedido.- Agrego secamente sin siquiera mirar a su
interlocutor. – Tuve que venir a esta
ciudad buscando una oportunidad de ser alguien, desterrado por mi propio padre.
He dirigido esta empresa por tantos años
que ya ni recuerdo cuando comencé, la levante desde la quiebra prácticamente. Me
pelee con cuanto mafioso quiso venir a chantajearme, y hasta me convertí en uno
de ello. Logre absorber otras empresas y termine por construir un holding
importante. Y todo para que un maldito crio recién contratado me venga a decir
que no puedo fumar en mi elevador porque una estúpida ley me lo prohíbe. –Fue alzando
la voz mientras emitía estas palabras, terminando casi en un grito.- ¡Este es
mi maldito edificio y aquí mando yo! – Grito esta vez.
- - Lo.. Lo siento Señor. No se volverá a repetir.
- - Claro que no. Y agradece que no te mando a
matar. –Dejó caer el cigarrillo y lo apago con el pie, moviéndolo con
brusquedad. - Las puertas se abrieron y se encamino hasta su despacho, siempre
segundado por sus guardaespaldas. Se sentó tras su gran escritorio y se puso a
revisar unos papeles. Se quedó así unos instante hasta que alzo la vista y vio
al mismo guardia que había regañado. -¿Pero qué mierda haces aquí aun?. Lo
observo duramente y luego volvió a hablar.- Ya que aún no te vas encárgate tú
mismo de llamar a la policía. Y si lo haces mal y me metes en problemas esta
vez si mandare a que te maten. Ahora desaparece de mi vista antes que decida
despedirte de verdad.
- - Señor. Su asistente está aquí. ¿Lo hago entrar? –
Pregunto un guardia desde la puerta.
- - Por
supuesto, dile que venga aquí. Por algo lo mande
llamar.- Cerro la carpeta que tenía en la mano y encendió otro cigarrillo.
“Míos son el consejo
y la habilidad
Mía la inteligencia,
mía la fuerza
Por mi reinan los
reyes
Y los príncipes decretan
lo justo
Por mi reinan los
reyes
Y los nobles juzgan
la tierra”
Proverbios 8: 14-16








